Conocé las playas de la Patagonia inesperada: el sur donde el mar es turquesa y el ruido no existe

Conchillas blancas, aguas transparentes y silencio infinito. A pocos kilómetros de Las Grutas, la costa de San Antonio Este esconde playas que parecen de otro mapa y revelan una Patagonia distinta, más calma y luminosa.
Modo Viaje30 de diciembre de 2025Carmen PalominoCarmen Palomino

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Cuando se piensa en playa, la Patagonia no suele ser la primera imagen. Sin embargo, sobre el litoral rionegrino, lejos del ruido y de las playas más concurridas, el mar cambia de color y la arena deja de ser arena. A unos 65 kilómetros de Las Grutas, la zona de San Antonio Este guarda tres joyas naturales donde el agua se vuelve turquesa, el suelo cruje bajo los pies y el tiempo parece avanzar más lento.

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La Conchilla, una playa que suena

Antes de llegar a la aldea pesquera aparece una postal inesperada: una playa completamente cubierta de conchillas. No hay arena dorada ni fina, sino un manto espeso de caracoles blanqueados por el sol que reflejan la luz y tiñen todo de un blanco intenso.

La mayoría de esas conchillas pertenecen a la almeja púrpura, una especie típica de la zona que nace de color violeta y, con el paso de los años y la erosión natural, se vuelve rosada y finalmente blanca. Caminar por La Conchilla es una experiencia sensorial: cada paso produce un crujido suave, casi musical, que acompaña el sonido del mar.

Es una playa amplia, tranquila y familiar, ideal para pasar el día sin apuro. La conservación es clave: no se permite circular con vehículos sobre las conchillas para proteger este paisaje único.

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Punta Perdices, el Caribe Patagónico
Desde el Mirador Norte, el camino lleva a una de las playas más famosas y fotografiadas de la región. Punta Perdices sorprende por su contraste: costa blanca y mar de tonos turquesa profundos, tan intensos que parecen irreales.

El paisaje cambia con la marea. Cuando el mar sube, el agua cubre gran parte de la costa; cuando baja, deja al descubierto una playa inmensa que invita a caminar sin rumbo. El viento, la luz y el silencio recuerdan que estamos en la Patagonia, aunque el color del agua engañe a cualquiera.

No es Caribe, pero tampoco lo intenta. Su encanto está justamente en esa mezcla entre un mar inesperado y una identidad patagónica intacta. Como en toda la zona, el cuidado del entorno es fundamental y cada visitante debe llevarse sus residuos.

Punta Villarino, donde la naturaleza y el puerto conviven

Más al sur, la costa se curva y aparece otro escenario singular. En Punta Villarino, el atractivo no es solo el paisaje, sino la vida que lo habita. Una colonia de lobos marinos descansa sobre la arena y se mueve con total naturalidad, bajo la atenta mirada de guardas ambientales que protegen su tranquilidad.

La playa, también cubierta de conchillas, forma pequeños médanos delicados que crujen al caminar. A pocos metros, el contraste es total: enormes buques mercantes de bandera internacional amarran en el puerto para cargar peras y manzanas del Alto Valle con destino al mundo. Naturaleza salvaje y actividad portuaria conviven en una postal tan inesperada como fascinante.

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Mucho más que playas

Además del paisaje, la zona ofrece algo cada vez más difícil de encontrar: silencio. Lejos de los grandes centros turísticos, el sonido dominante es el del mar y el viento. La gastronomía acompaña esa identidad simple y honesta, con mariscos frescos, pesca del día y sabores ligados al puerto. Para quienes disfrutan de la pesca deportiva, el lugar propone una experiencia donde importa más el entorno que la captura.

Cómo llegar

El acceso más común es desde Las Grutas, tomando la Ruta Nacional 3 hacia el sur en dirección a San Antonio Oeste. Son unos 65 kilómetros de camino entre paisajes áridos y vegetación baja, hasta que el blanco de las conchillas empieza a dominar el horizonte. Desde la aldea, los accesos a las playas se realizan por los caminos señalizados hacia los miradores. Es importante circular con precaución y respetar las normas ambientales: no se permite el ingreso de vehículos a las zonas de conchillas.

Dato curioso:

El color turquesa del mar en esta zona no se debe solo a la pureza del agua, sino al reflejo de la luz sobre millones de conchillas blancas en el fondo y en la costa. Es ese “efecto espejo” natural el que logra que, por momentos, la Patagonia parezca sacada de una postal caribeña.

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