La pareja que encontró su lugar en el mundo en Lago Rivadavia y creó un paraíso turístico entre árboles

Roberto Jimeno y María Alicia Farroni son de Comodoro Rivadavia; se conocieron en el barrio y se reencontraron en la universidad. En 1981 se fueron de luna de miel y, gracias a una charla, descubrieron Cholila y el lago Rivadavia. El lugar les gustó tanto que, cinco años después, compraron una chacra y, en 2000, luego de muchas plantaciones, construyeron tres cabañas. Hoy Alicia continúa con el turismo en este sitio que ama. “Es un sueño que hemos logrado, que parecía intangible, pero se hizo realidad, y eso no tiene precio”, dice con alegría.
Modo Viaje25 de noviembre de 2025Fredi CarreraFredi Carrera

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“Compramos en el año 82, hace unos cuantos años ya. Con mi esposo nos enamoramos de la cordillera y queríamos tener un rinconcito, pero en ese tiempo era una locura, era el fin del mundo esto”, dice María Alicia Farroni cuando comienza a contar la historia de su emprendimiento.

Alicia, como la conocen todos, es la propietaria de las cabañas “Cerro La Momia”, un proyecto familiar que comenzó como un sueño y que hoy es uno de los sitios de alojamiento que hay en el lago Villa Rivadavia, ese sitio tan elegido por los amantes de la pesca.

A 15 kilómetros de Cholila y a 6 de la portada norte del Parque Nacional Los Alerces se encuentra este lugar que descubrieron en su luna de miel. Les gustó tanto que los terminó llevando a la orilla del lago, donde Roberto Jimeno y Alicia hicieron su vida y construyeron su propio complejo de cabañas.

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DE LA PLAYA A LA CORDILLERA

Roberto y Alicia Farroni son oriundos de Comodoro Rivadavia. Él nació en la ciudad del petróleo y ella llegó cuando tenía cuatro años. Se conocieron en el barrio, eran vecinos, pero recién en tiempos de universidad se acercaron y se enamoraron. Era la década del 70. Él estudiaba Ingeniería Mecánica y ella Ingeniería Civil, y nació el amor.

Precisamente, en su luna de miel conocieron Villa Rivadavia gracias a una charla que una informante turística mantenía con una pareja. “Lo conocimos en enero del 75, en nuestro viaje de bodas, y nos encantó. Estábamos en Esquel. Habíamos ido con la idea de viajar un mes, haciendo camping y parar en hosterías o en alguna cabaña si se daba la oportunidad. Anduvimos 15 días paseando por Esquel, El Bolsón y Trevelin, y nos habían dicho que Cholila era muy lindo; y estando en la oficina de turismo de Esquel había una pareja que estaba recabando información y le dijeron: ‘En Cholila hay pinturas rupestres’”.

Alicia cuenta que Roberto era fanático y un estudioso de las pinturas rupestres y que, al escuchar sobre ese lugar, no dudaron ni un segundo y decidieron ir a conocerlo.

Eran otros tiempos. Esquel no era tan conocido como lo es ahora, Cholila mucho menos, y las rutas, si hoy están complicadas, en ese momento estaban aún peor. Los caminos prácticamente eran de tierra, y llegar de un lado a otro implicaba horas de viaje entre el pedregullo y el polvo que cubría todo a su paso, en tiempos en que los autos también eran diferentes.

A la distancia, Alicia recuerda todo como si fuera hoy. “Entramos por la zona de El Cajón, en Cholila, llegamos al lugar donde queríamos ver las pinturas rupestres y seguimos para hacer camping en el lago Rivadavia. En esa época todavía no estaba abierto el camino desde Esquel a Cholila por el parque; había que hacer toda la vuelta por la ruta 40 y fuimos al lago Rivadavia para acampar dos o tres días, pero el clima estaba tan espectacular que nos quedamos hasta que se nos hizo la fecha para volver a trabajar. Nos enamoramos de toda esa zona”, confiesa, volviendo a los recuerdos.

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Alicia y Roberto regresaron a Comodoro y siguieron con su vida. Todavía estaban estudiando y trabajando. Alicia era docente y Roberto, ingeniero, pero siempre recordaban ese hermoso lugar en la continuación del Parque Nacional Los Alerces.

En esa época la villa Lago Rivadavia era conocida como “La Bolsa”, porque “es un lugar muy cerrado, rodeado de montañas”, dice Alicia. Cada tanto, recordaban el lugar y soñaban con tener un rinconcito entre medio de las montañas hasta que un día se animaron a ir tras ese sueño.

“Uno busca un lugar, busca por otro, pero nunca sabe cuál va a ser el definitivo hasta que aparece, y dio la casualidad de que el lugar que se nos puso en el camino fue aquí”, dice desde Lago Rivadavia. “En el ’81 salimos de vacaciones y empezamos a buscar para comprar un terreno en el pueblo, pero no había terrenos, por suerte, y alguien en la municipalidad nos dijo: ‘me parece que fulano de tal vende su chacra en el Rivadavia’. Nosotros pensamos: ‘¿dónde será?’. Fuimos a ver y ya habíamos pasado por ahí porque es el camino que va al parque. Cuando llegó la hora de irse a Comodoro, pasamos por Esquel para hablar con el dueño del lugar”.

En esos tiempos las comunicaciones eran tan diferentes como los caminos: no existía internet ni el celular, y el teléfono era para unos privilegiados en las grandes ciudades. Así, Roberto y Alicia hablaron cara a cara con el dueño y, durante un año, le enviaron cartas.

Al año siguiente decidieron volver al Rivadavia con la intención de poder concretar su sueño. Alicia recuerda que, en ese viaje, pararon en “El Trébol”, la única hostería que había en esa época y que luego se quemó; y cuando volvían a Comodoro otra vez pasaron a hablar con el dueño.

“Nos dijo: ‘Les voy a vender porque ya veo que a ustedes no me los voy a sacar más de encima hasta que venda la chacra’ y nos dio la posibilidad de pagar en cuotas durante un año”, dice, con una sonrisa.

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DEL VIENTO A UN MICROCLIMA ENTRE ÁRBOLES

Cabañas “Cerro Las Moñas” está dentro de un predio de 6 hectáreas, pero es muy diferente al sitio que Roberto y Alicia compraron en el año 82. “Era una chacra, pero no había nada. El dueño cultivaba alfalfa para tener forrajes para animales y cuando corría viento, corría con ganas. Nosotros veníamos de una zona ventosa; sabíamos que si queríamos tener resultados y una vida tranquila teníamos que hacer una cortina de árboles, así que, aparte de hacer el alambrado nuevo —porque era muy viejo— y arreglar la casita que nos había quedado, que era muy precaria, nos pusimos a plantar árboles”.

El sitio se convirtió en un proyecto de vida. Todos los años, Roberto y Alicia viajaban a El Rivadavia y plantaban al menos 100 árboles. En esa época, Daniela, Sebastián y Diego, sus hijos, eran chiquitos. Por entonces, ella ya había dejado la docencia y Roberto estaba metido de lleno en el trabajo. Así, cada vez que podían, con una F100 cargada de materiales, viajaban los más de 730 kilómetros que separan Comodoro de Cholila e iban a darle forma a su proyecto familiar.
“En esa época la mitad del camino era de tierra. Eran muchas horas de viaje arriba de una F-100 con cúpula en la que iban los chicos y los materiales, porque el corralón más cercano estaba en Esquel y Bariloche. Cuando estás tan lejos, hacer cosas de cero cuesta mucho, pero empezaron a crecer los arbolitos de las cortinas que veníamos haciendo cada 80 metros. Me acuerdo de que cuando compramos, la gente nos decía que estábamos locos, que se nos iban a secar todos, pero resultó, y en el año 2000 pusimos tres cabañas prefabricadas”.

“Nosotros veníamos en enero o febrero cuando teníamos las vacaciones y traíamos árboles con pan de tierra, porque sino teníamos que venir en mayo a sembrar a raíz descubierta y esperar que en el invierno se afincaran bien y brotaran en primavera, pero como los poníamos en verano nos decían que estábamos locos, que no iba a resultar”.

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SER EMPRENDEDOR TURÍSTICO

Con esas tres cabañas, Roberto y Alicia iniciaron su emprendimiento turístico. Mientras tanto, seguían alojándose en la pequeña casa que habían remodelado. Sin embargo, el destino cambió los planes y, dos años después, se mudaron definitivamente a Lago Rivadavia.

“Se dieron situaciones de vida y nos vinimos. En esa época, mi marido accedió al retiro voluntario y nuestro hijo menor terminó la secundaria y se fue a estudiar a Buenos Aires. Así que, en diciembre de 2002, vinimos en Navidad a celebrar Navidad y Año Nuevo y nos quedamos a vivir en nuestra cabañita”.

Por supuesto, nunca dejaron de plantar, y Alicia, de tanto en tanto, contaba los árboles que iban creciendo. Era tiempo de mucho trabajo, con la ayuda de un hombre que comenzó a trabajar con ellos muy joven y que hoy todavía los acompaña. Así, los árboles crecieron y, junto a ellos, las plantas y las flores nativas, como el laurel, chacal y maitén.

“Logramos un microclima espectacular en la parte más resguardada y ahora es un lugar privilegiado”, dice Alicia con orgullo. “Tiene el privilegio de tener agua propia porque hay dos arroyos que cruzan la chacra. Entonces, dependiendo de la época, corre muy fuerte o corre poquito, pero siempre tienen agua. Esta es una zona con mucha piedra volcánica. Estamos en la ladera del cerro La Momia y es un valle muy ventoso, pero el viento es diferente: acá podés caminar con los ojos abiertos, porque no se llenan de tierra”.

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UN TURISMO DISTINTO

En Cholila la temporada turística suele comenzar el 1 de noviembre y se extiende hasta mayo. Los amantes de la pesca visitan el lugar por sus características y por todo lo que ofrece a quienes les gusta la vida en el lago o el río.

“Este año la temporada está demasiado tranquila”, admite Alicia. “Esta zona, por la pesca de la trucha, tiene trascendencia a nivel internacional y nacional, pero vienen muchos turistas. La mayoría son de la costa, de Comodoro, Trelew o Madryn, Caleta, porque empieza el buen tiempo y la gente no les queda tan lejos para hacer un descanso en la cordillera. También vienen algunos de Francia y Estados Unidos. Pero a quien viene le gusta el lugar, cómo se siente atendido, la independencia que tiene. Además tenemos un restaurante dentro del predio y eso le da mucha comodidad al huésped.

 Son más de 7.000 metros cuadrados de parque, y la cabaña tiene atención de mucama diaria, restaurante y también tiene lavado de ropa personal con costo adicional. ¿Qué más quieren?”, dice entre risas.

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El restaurante en algún momento fue atendido por ellos. Alicia cocinaba y atendía a los comensales, y Roberto ayudaba; pero, hace dos años, decidió darlo en concesión y un chef se encarga de la atención.

Por estos días, Alicia continúa sola con el emprendimiento. En diciembre se cumplirán dos años del fallecimiento de Roberto y la mejor forma de honrarlo es seguir trabajando en ese sueño que tanto anhelaron y del cual se siente muy orgullosa.

“Me siento muy a gusto viviendo acá. Siempre fue mucho trabajo, pero lo hicimos con tantas ganas que realmente no fue trabajo; era disfrutar de lo que estábamos haciendo con mucho entusiasmo. Hace cuatro años pudimos construir nuestra casa y hoy la puedo disfrutar. Me siento muy a gusto porque hemos invertido tanto entusiasmo, tanto esfuerzo y tanta energía en estos sueños que habíamos logrado que parecían intangibles y se hicieron realidad. Eso no tiene precio”.

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Por supuesto, Alicia nunca se olvida de Comodoro, su playa y el dinamismo del paisaje. Admite que los extraña, pero de tanto en tanto viene a ver a sus nietos y a reencontrarse con amigos. Muchos alguna vez pasaron por sus cabañas y conocieron el lugar de sus sueños, aquel que, con su esposo, conocieron en su luna de miel y que fue su gran proyecto de vida al borde de las montañas cordilleranas que tanto atraen a los turistas del mundo.

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