
Arte y resilencia en el Hotel Lucania: la primera muestra individual de una artista santafesina
Barbi Cárcamo


La muestra fue inaugurada el pasado sábado en el hall del Hotel Lucania, un espacio clave dentro del circuito cultural comodorense, y podrá visitarse durante todo el mes de mayo. Reúne más de una decena de obras que nacieron del dolor, la resiliencia y la búsqueda de sentido. Pinturas que no solo conmueven por su fuerza visual, sino también por las historias que las inspiran.


Natalia define la pintura como una herramienta para sanar. Desde muy chica supo que ese era su camino: estudió Bellas Artes en Rosario y, tras mudarse a Comodoro, trabajó durante más de diez años en talleres culturales barriales. En 2020 fundó su propio espacio en kilómetro 3: Pintar Quiero, un taller donde enseña técnicas, pero también acompaña procesos personales y emocionales de sus alumnos.

Su historia con el arte comenzó en la infancia, cuando participaba en las carteleras escolares y ayudaba a las maestras en los actos de su escuela de jornada completa. Con una sensibilidad especial, encontró en la pintura una forma de expresión. Más tarde, se trasladó a Rosario para estudiar en la universidad, pero debió regresar a su ciudad natal por razones familiares. A pesar de ello, nunca abandonó su vínculo con el arte: dio clases en escuelas de Rufino y, al instalarse en Comodoro Rivadavia, se sumó a los talleres populares organizados por la Secretaría de Cultura. Trabajó en Manantial Rosales, Kilómetro 4, Divina Providencia, Saavedra, Palazzo, Valle C y Kilómetro 3, llevando el arte a los barrios e impulsando la creatividad como herramienta de contención.

Las obras de “El peso del mundo nos quedan los ángeles” tienen un componente experimental y matérico que las distingue: fueron creadas con óleo, pintura asfáltica, humo, enduido y, en varios casos, sobre antiguos mapas cartográficos recuperados. "Me gusta experimentar. Cada obra es un laboratorio", cuenta Natalia.
El corazón de la muestra es la obra que le da nombre: una pieza nacida de una mancha y cargada de simbolismo, dado que el disparador de la historia detrás de esa pintura fue la pérdida de su padre, que marcó un antes y un después, cuenta. “A partir de ese momento me aferré al arte como una forma de agradecer su vida, como una ofrenda diaria hacia él”, explica.
Para quienes visitan Comodoro Rivadavia en mayo, esta exposición ofrece una experiencia distinta, íntima y emotiva. Un viaje por la sensibilidad de una artista que eligió esta ciudad para crear, enseñar y compartir. Una muestra que invita no solo a ver, sino también a sentir.




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