
Las autopistas invisibles del mar: Argentina y su papel clave en los corredores azules que protegen a las ballenas

Imaginá por un momento que el océano tuviera autopistas. No con carteles ni semáforos, pero sí con rutas bien marcadas, recorridas año tras año por gigantes marinos que no olvidan su destino. A estas trayectorias se las conoce como corredores azules: caminos migratorios invisibles que las ballenas, tortugas, tiburones y otras especies utilizan para desplazarse entre zonas de alimentación, reproducción y crianza.
Aunque el término ganó notoriedad recientemente gracias a un informe publicado en Chile, Argentina también es protagonista silenciosa de esta historia. En especial, la Patagonia: sus costas son parte vital de uno de los corredores azules más activos del hemisferio sur.



Cada invierno, entre junio y diciembre, la ballena franca austral recorre miles de kilómetros desde las aguas antárticas hasta nuestras costas para reproducirse y criar a sus ballenatos. Escoge lugares como la Península Valdés, en Chubut, o los golfos de Santa Cruz, donde el mar está calmo, el alimento es abundante y la vida encuentra refugio.
Pero estos corredores están en riesgo. El tráfico marítimo, las colisiones con buques, el ruido submarino, las redes de pesca, la contaminación y el cambio climático son amenazas crecientes. Plataformas como Blue Corridors, impulsadas por WWF y otras entidades científicas, están mapeando estas rutas para identificar zonas críticas que necesitan protección urgente.

En Argentina, el Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) trabaja desde hace años siguiendo los movimientos de estos cetáceos con técnicas de fotoidentificación y seguimiento satelital. Gracias a estos estudios, se sabe que una misma ballena puede regresar a nuestras costas durante más de 40 años seguidos.
Más allá de su encanto turístico, las ballenas cumplen funciones ecológicas clave: fertilizan el mar con nutrientes esenciales, impulsan la producción de fitoplancton (que genera buena parte del oxígeno del planeta) y ayudan a mitigar el cambio climático al capturar carbono incluso después de morir, cuando sus cuerpos se hunden a las profundidades marinas.
La Argentina también ha sido protagonista en la diplomacia ambiental: impulsó la creación del Santuario de Ballenas del Atlántico Sur en el seno de la Comisión Ballenera Internacional, buscando blindar estas rutas de caza y explotación.

¿Por qué es importante?
Porque el momento de actuar es ahora. Porque conservar los corredores azules no es solo salvar ballenas: es proteger la salud del océano, sostener el equilibrio climático y promover un turismo responsable que conecte naturaleza, ciencia y emoción.
Y porque, si prestás atención, tal vez este invierno veas pasar una ballena por la costa… siguiendo la misma ruta que sus antepasadas vienen trazando desde hace miles de años.


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