
Fue gerente de un hotel patagónico y su pasión por el turismo lo llevó a proteger el Faro
Barbi Cárcamo
Correia, de 56 años, es un apasionado del turismo y la fotografía. Durante su etapa como gerente del Lucania Palazzo Hotel, encontró en su cámara una manera de capturar la belleza de la Patagonia y compartirla con el mundo. En uno de sus recorridos, descubrió el Faro San Jorge, un monumento que, en aquel momento, estaba en abandono y era percibido como una simple estructura de cemento. Lo que comenzó como un interés personal pronto se transformó en una misión para convertirlo en un símbolo de la ciudad.
Nacido y criado en Comodoro Rivadavia, Correia proviene de una familia con historia en la ciudad. Su padre, también llamado Víctor, fue el último funebrero de oficio en la zona, recordado por su respeto y sencillez al frente de la Cochería Jones. Su hijo, en cambio, tomó un rumbo distinto, aunque con la misma determinación. Pasó por varias escuelas secundarias hasta terminar libre en el Colegio Martín Rivadavia, y en su juventud se aventuró en el mundo náutico, siendo parte de la tripulación de El Gandul, un barco construido en la ciudad que realizó una de las travesías más importantes de la región.
Fue en esos viajes donde comprendió el valor de los faros, esenciales para la navegación y la seguridad de los barcos que, como los de sus ancestros, llegaron a la ciudad guiados por su luz. A su regreso, se insertó en el mundo laboral, desempeñándose en diversos rubros hasta llegar al sector hotelero. Su carrera en la hotelería comenzó en 2001, cuando ingresó al Hotel Austral como cadete nocturno. Su ascenso fue rápido: recepcionista, jefe de recepción, responsable de reservas y comercialización. Aunque su meta era ser gerente, le dijeron que era "demasiado desfachatado" para el puesto. Esa etiqueta no lo detuvo; por el contrario, meses después fue convocado para dirigir el Lucania Palazzo Hotel.
Fue en esa etapa cuando su vínculo con el Faro San Jorge se profundizó. En 2008, con el auge de Facebook, comenzó a compartir fotografías y escritos sobre el faro. Muchos desconocían su existencia, y sus publicaciones despertaron interés. Sin embargo, el sitio estaba deteriorado y cubierto de basura. Decidido a cambiar esa situación, comenzó a organizar visitas y a insistir ante las autoridades para que el faro formara parte de la agenda turística de la ciudad.
A pesar de la resistencia inicial, la afluencia de visitantes creció rápidamente. En solo tres fines de semana, más de 1.500 personas acudieron al faro, lo que obligó a la Armada a abrir sus puertas. Su gestión incluso inspiró un proyecto para la creación del Centro Interpretativo Faro San Jorge, desarrollado por la museóloga Patricia Ceci. Sin embargo, un cambio de gobierno truncó la iniciativa y una serie de ataques en redes sociales lo llevaron a alejarse del proyecto.
Lejos de rendirse, Correia continuó promoviendo el faro por cuenta propia. Su casa se llenó de fotografías del lugar, y su esfuerzo ayudó a posicionarlo como un símbolo de Comodoro Rivadavia. También colaboró con la Fundación Rewilding Argentina en la creación del Parque Patagonia Azul y formó parte del directorio del Ente Comodoro Turismo. Su persistencia, junto con el trabajo de otros actores del turismo local, logró que el faro fuera reconocido como la puerta de entrada al Área Natural Protegida Rocas Coloradas.
El reconocimiento llegó este año, 2025, durante el centenario del Faro San Jorge. Invitado formalmente al evento, Correia recordó cómo todo comenzó con una simple fotografía y cómo su insistencia logró transformar la percepción del faro en la comunidad. "Todos somos faros para alguien", reflexiona. "Guiamos con nuestra luz, y eso es lo que me ha movilizado".
Hoy, el Faro San Jorge es una de las postales más representativas de Comodoro Rivadavia, un testimonio de la perseverancia y del amor por la ciudad que lo vio crecer. "Tardó en llegar, pero hubo recompensa", concluye Correia, satisfecho de haber contribuido a que su querido faro brille con luz propia.





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