
De Ezeiza al paraíso y volver de la muerte: la historia del buzo argentino que sobrevivió a un milagro en Bahamas
Fredi Carrera


Casi son las 11 de la mañana en Argentina, y el protagonista de esta historia cinematográfica se encuentra a 90 millas al norte de Puerto Plata, en la República Dominicana. Actualmente es temporada alta en Silver Bank, un santuario de ballenas jorobadas, donde se produce un fenómeno comparable al que ocurre en el Golfo Nuevo: la llegada de estas majestuosas criaturas.
En este caso son jorobadas y a diferencia de lo que sucede en el sur de la Patagonia, la experiencia de avistaje incluye snorkeling con estos majestuosos cetáceos.


Juan Cruz Zanaboni integra el equipo de una de las empresas que tienen permisos para realizar esta actividad. Es capitán e instructor de buceo y le encanta. Hace unos meses, el buzo se hizo conocido en toda Argentina. Un accidente que sufrió mientras realizaba un descenso de apnea, lo llevó a la primera plana de los principales medios. El buzo literalmente peleó por su vida: estuvo en terapia intensiva y despertó sin secuelas. Para los médicos fue un milagro.

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD
Pasaron cinco meses de aquel episodio y cuando lo llamo para conocer un poco más de su historia acepta amablemente, siente que hay mucho para agradecer entre tanta solidaridad, amor y energía que surgió luego del accidente.
“Es como una segunda oportunidad”, dice agradecido “Todo se podía haber terminado ahí, pero gracias a Dios estoy acá de vuelta, haciendo lo que me gusta. Por eso tengo un agradecimiento eterno a todos los que estuvieron detrás mío, mi familia y toda la gente que no me conocía y me acompañó”.
Pasó poco tiempo del accidente y Juan Cruz se enfoca en lo positivo y lo lindo de estar de vuelta con sus compañeros y quienes lo ayudaron desde un primer momento: su familia, sus amigos y miles de desconocidos que hicieron fuerza por su mejoría, no solo enviando fuerzas, sino también colaborando económicamente cuando su familia inició una campaña para solventar los gastos que demandó su traslado a Cancún, donde se recuperó.
La ayuda llegó de todos lados, incluso desde Chubut y principalmente de Puerto Pirámides y Puerto Madryn, el lugar donde Juan Cruz encontró su destino, su pasión y su trabajo. Pero para entenderlo vamos al principio de esta historia.

DEL CONURBANO AL MAR
Juan Cruz tiene 37 años, nació en Temperley, en el Conurbano sur de Buenos Aires. Es el cuarto de tres hermanas mayores y cada tanto vuelve a su ciudad, a visitar a su familia, amigos y disfrutar del lugar donde aprendió todo.
Con orgullo y buenos recuerdos, cuenta que estudió en la Escuela Manuel Belgrano y luego en Inmaculada Concepción de Lomas de Zamora. Admite que cuando terminó no sabía qué hacer y eligió trabajar, así durante 9 años de su vida prestó servicios en Ezeiza, cumpliendo horarios de oficina en una empresa de rampas que operaba en el aeropuerto.
“Aprendí mucho en ese trabajo, pero no era lo que quería. Cuando salí de la secundaría no tenía mucha idea de qué hacer. No sabía para donde ir. En ese momento mi papá estaba trabajando en el aeropuerto de Ezeiza, en una empresa de servicio de rampa y le dije ‘bueno, si está la posibilidad de conseguir un trabajo mejor’, así que a los 18 años empecé a trabajar y estuve trabajando hasta los 27. Era asistente comercial en la gerencia de relaciones comerciales de la compañía”.
Juan asegura que era una tarea totalmente distinta a la que hace ahora, “un trabajo 100% administrativo, de oficina, de 8 a 5, de lunes a viernes”. Tenía un buen sueldo, aprendía a y podía vacacionar. Sin embargo, no le gustaba la vida que llevaba y comenzó a buscar nuevas opciones.
“No era algo que me llenaba, necesitaba otra vuelta de tuerca, vivir de algo que me de placer, que me de felicidad y de a poco fue madurando la idea de poder dedicarme a otra cosa y encontrar una pasión a la cual dedicar mi tiempo”.
Juan Cruz buscó por todos lados. Estudió cocina y también educación física, pero en un viaje con una de sus hermanas encontró su destino. “A mí siempre me gustó el mar, desde chiquito. Con mi familia siempre íbamos a Mar del Plata; mi viejo era fanático. Era entrar al agua todo el tiempo, pedirle que me acompañara. Me gustaba ir al puerto, ver los barcos, ir a comer y, en unas vacaciones con mi hermana y su familia, andábamos por la Cordillera. El último punto era Puerto Pirámides. Fue el verano de 2013 y mi hermana me sugirió hacer el bautismo de buceo. Así que hice mi bautismo con la operadora de Quique Natale, que es un amigo”.
Juan admite que le gustó la experiencia. Ese mundo debajo del agua, el silencio y los colores. “Me hacía no pensar en nada, estar presente”. Admite que en esa primera bajada le molestaron los oídos, incluso pensó que la actividad no era para él. Sin embargo, al otro día volvió a sumergirse. “La verdad que me encantó”.

Al año siguiente, Juan Cruz volvió a Pirámides y también un año después. En el medio empezó a hacer el curso de buceo en Buenos Aires y poco a poco la idea de dedicarse a esta actividad comenzó a madurar, hasta que un día lo decidió.
“Fueron años de proceso. La decisión la tomé en el verano del 2014, pero hasta que lo hice pasaron dos años y medio más, porque son muchas cosas que se ponen en juego. No es algo que apareció de un día para el otro, sino que es una idea que fue madurando. Desde que conocí Pirámides quedé muy conectado al pueblo y la idea fue creciendo en mi cabeza. En principio cuando decidí irme pensaba en un lugar más cálido, como Brasil, pero después como seguía yendo al sur y seguía conociendo gente, haciendo amigos, pensé: me parece que es acá”.
El 20 de julio de 2016, Juan Cruz arribó a Pirámides a bordo de su Renault Twingo, con un kayak encima del techo del vehículo. Después de 20 horas de viaje, el escenario lo recibió de la peor manera.
“Había un frío tremendo, llovía, no había luz, no había agua, era un despelote y dije ‘wow, a dónde me vine’. Era un escenario totalmente distinto al que esperaba, pero estaba contento, era todo un desafío, una vida nueva, mucho entusiasmo. Tenía 27 años”.
Juan Cruz llegó junto a su novia de entonces con una oferta de trabajo en Boss Ballena, la operadora de Quique Natale. Rápidamente se adaptó al lugar y se quedó.

Su estadía se extendió por ocho años, entre Pirámides y Puerto Madryn. Trabajó con Pato Cartelli y con Carolina de Scuba Duba, hasta que en marzo de 2024 se fue a Grecia, para trabajar una temporada.
En la isla de Naxo, estuvo en un driving center enorme, donde llegaron a ser 15 instructores de diferentes partes del mundo. La idea era quedarse hasta fines de octubre. Sin embargo, un capitán que conoció en Puerto Pirámides lo invitó a irse a República Dominicana para trabajar en un barco.
La experiencia consistía en hacer snorkeling con ballenas durante la temporada que se suele extender de mediados de enero a mediados de abril. Luego todo se centra en el buceo.

UN ACCIDENTE QUE PUDO CAMBIAR TODO
Cuando sucedió el accidente, Juan Cruz estaba con la embarcación en Bahamas, haciendo el mantenimiento del barco. El trabajo demandaría tres semanas. Sin embargo, un descenso en una práctica cambió todo los planes.
El buzo estaba realizando apnea en una pileta. Descendió, subió y volvió a bajar, pero pasaba el tiempo y no regresaba. Sus compañeros lo encontraron inconsciente bajo el agua, le hicieron RCP y rápidamente lo llevaron al hospital de Freeport, donde entró en estado crítico.
El parte médico indicó que Juan Cruz sufrió una seria afectación pulmonar. Su seguro no cubría los gastos médicos y el nosocomio no tenía la complejidad necesaria para afrontar su cuadro. Así el traslado se convirtió en una necesidad vital. Las opciones eran Miami o Cancún y finalmente, su derivado a México, gracias a una colecta que iniciaron sus amigos y familiares para poder costear diferentes gastos.
Durante cinco días Juan estuvo en terapia intensiva, inconsciente, hasta que despertó sin ningún tipo de secuelas. Los médicos dijeron que fue un milagro. Quienes sufren ese tipo de accidente suelen quedar con secuelas o no superan el cuadro.
“El primer médico que me vino a hablar, me dijo: ‘tenés que agradecer porque el pronóstico era que pudieras quedar en estado vegetativo o te pudieras morir, y te despertaste y no tenés déficit neurológico, no tenés secuelas, no tenés nada y en unos días vas a estar en tu casa como sino hubiese pasado’ Eso me hizo ser un poco consciente de la situación en la que estaba y de lo bien que salió todo. Y Arturo, uno de los enfermeros con los que sigo hablando me dijo que el 90% de las personas que llegan con ese cuadro se mueren, y que no podía creer como a los pocos días me había podido levantar”,

El buen estado físico de Juan Cruz fue fundamental para su recuperación. El cuerpo soportó y respondió a la medicación y los diferentes estímulos. El amor y la energía hicieron el resto.
“Me hablan de que es un milagro y seguramente lo es. Yo también creo en eso. Hubo mucha gente detrás de esto, muchos amigos, conocidos, gente que no me conocía que rezó por mí, que me ayudó económicamente, me apoyaron y yo creo que esas energías llegan. También tenía a Cecilia que estaba al lado mío y me ponía toda la energía en la cabeza. Me decía esto está pasando, guardate estas cosas para ponerte bien. Y tuve mucho amor”.
Una vez que recibió el alta, Juan Cruz volvió a Argentina con su familia y poco a poco fue armando su película. Es que cuando despertó no recordaba nada del accidente ni del viaje a Bahamas, solo el cruce en barco desde un lugar a otro. Además, no sabía nada de cómo había trascendido su caso, hasta que recuperó su teléfono.
“Primero no me lo quisieron dar. Me dieron otro telefono, me dijeron acá tenés los contactos de tus amigos, pero se complicaba para usarlo. Cuando me dieron el mio recién ahí pude ver lo que pasaba. No te voy a mentir. Al principio me chocó ver mi cara en todos lados, pero después lo entendí, gracias a eso me pudieron ayudar. Al principio traté de no mirar mucho y después fui aceptando todo lo que pasó. Así que estoy contento porque es como una segunda oportunidad. Todo se podía haber terminado ahí, pero gracias a dios estoy acá de vuelta, haciendo lo que me gusta”.

Juan Cruz tiene “un agradecimiento eterno” con todos los que lo ayudaron. Su familia, sus amigos, y gente que no lo conocía. Pero también con los enfermeros y los médicos.
“Con algunos sigo hablando. En todo momento estuve super contenido. Yo siempre digo: tuve muchas vidas, diferentes etapas y esta es una nueva y me hace tomar las cosas de otra manera. Tratar de no presionarme mucho y disfrutar un poco más, porque en el último tiempo me pasaba que a veces estaba muy presionado por superarme, seguir creciendo y entendí que a veces hay que relajar y disfrutar un poquito más el presente”, dice con convicción.
Juan Cruz junto a Cecilia tienen contrato por dos años. Todavía le queda un tiempo en República Dominicana. Por el momento esperan que termine su diagrama para disfrutar de su próximo descanso, un momento para reencontrarse y disfrutar todo lo bueno que les está pasando en esta nueva etapa. Es que como dice Juan tiene la vida que buscó y disfruta.
“Yo no me puedo quejar, tengo una vida muy linda. La tengo acá, la tuve en Pirámides, cuando me fui a vivir al sur y cambió todo. Considero que hay personas en el mundo que viven situaciones mucho peores a la que yo viví. Uno nunca cree que le va a pasar algo, pero pasa, somos humanos y nadie está libre de vivir este tipo de cosas, así que hay que seguir adelante y meterle, tratar de mantener el espíritu arriba y con entusiasmo”.
Por supuesto, el buzo ya volvió a Puerto Pirámides, su segunda casa luego de Temperley. Allí volvió a sumergirse y encontrarse con ese mundo que eligió, donde todo es diferente, desde los colores, el sonido y la vida misma.




Un viaje al límite del viento: el kitesurfista Stig Hoefnage desafió los glaciares de la Patagonia

Frente al fuego, la comunidad responde: la historia de la Brigada Lemu

Buscan voluntarios para vivir un mes en los Alpes italianos: alojamiento gratuito y 400 euros por participar en un estudio científico

La ANAC lanza un sistema digital y gratuito para reclamar a las aerolíneas





